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La luz del sol se filtraba por mi ventana. Era agradable volver a tener
sol en la ciudad. El frío no gustaba nada, siempre se tenía que estar muy bien
abrigado, y aun así se sentía frío.
Me levanté de la cama y me dirigí al salón, de donde provenía el ruido
de la televisión. Ahí estaban mi papá y mi mamá, ambos vestidos elegantemente.
-Buenos días. Por qué están vestidos así? –les dije.
-Buenos días. Es que tu papá y yo vamos a salir, estábamos esperando a
que te despertases. Vas a ir a casa de
Mariana, nuestra vecina. –dijo mi madre.
Por qué no me quedaba sola como otras veces? Entiendo que nos habíamos
mudado y que no conocíamos a muchos vecinos de aquí, pero quién era Mariana?
Pareciera que mi mamá me leyó la mente, pues contestó a todas las
preguntas que pasaban por mi mente.
-Es una anciana, abuela de la doctora del edificio. Te dejaremos con
ella, se ofreció para cuidarte. Ella está todo el día sola en su casa… Es una
buena idea de que te quedes con ella y así puedas conocerla más. –me dijo.
Papá no decía nada. Solo miraba a mi madre y asentía. De todas maneras,
me aburría sola en casa. Entonces
acepté. Me duché, vestí, peiné y ya estaba lista para ir a casa de la Sra.
Mariana. Después del almuerzo, todos salimos. Mi papá fue a encender el auto y
mi mamá me llevó a un piso más arriba, en donde vivía la Sra. Mariana.
Había un pequeño timbre al lado de la puerta, mamá lo presionó. Se
escuchó el ruido de los cerrojos y el abrir de la puerta. Una señora bajita,
con el cabello totalmente blanco por las canas nos sonrió. Me hacía acordar a
mi abuela.
-Te estaba esperando Andrea. –me dijo. Se le notaba muy amable.
-Hola. –le dije, sonriéndole.
-Aquí te la dejo, Mariana. Cuidala bien, si? Mi esposo y yo volveremos
en la noche por ella. Tenemos una reunión de trabajo. –dijo mi madre. Los
adultos… siempre ocupados en su trabajo.
-Claro, no te preocupes. Ven, Andrea, entra.
-Adiós, mamá. –le dije despiéndome de ella con la mano.
Entré en la casa. Caminé hasta la sala y me senté en uno de los sofás. Aquel
lugar transmitía mucha calidez. Mariana se sentó en una silla mecedora, al lado
de la chimenea. Me miraba con curiosidad.
-Eres nueva en el edificio verdad? El día en el que se mudaron aquí los
vi llegar con el camión de la mudanza. –me dijo.
-Sí. No conocemos a nadie aquí todavía. Usted es la primera vecina que
conosco. Claro, aparte de su nieta, la doctora. –le dije. Me agradaba aquella
mujer.
Se quedó mirando el fuego de la chimenea un momento. Luego volvió la
vista hacia mí y me dijo:
-Tus padres son abogados? Siempre que los veo salir del edificio van
vestidos como unos.
-Si. Ambos trabajan lejos de aquí. En donde vivíamos antes era aún más
lejos, al menos esta nueva casa no queda tan lejos de sus oficinas. –le dije.
- Recuerdo que mis padres querían que estudiase derecho. O eso creo… -me
dijo. Puso un gesto de tratar de recordar. Luego movió la mano como si
espantase moscas.- Bah, no lo recuerdo.
-Yo aún no sé que estudiar. Pero sé que tendrá algo que ver con la
lectura o los libros. –le dije. Luego le sonreí.- Me encanta leer.
Me miro algo confusa, y luego habló.
-A mi nunca me gustó leer. Lo encontraba muy aburrido. Pero aún si lo
intentase, no podría leer bien. –señaló sus anteojos.
-Eso he escuchado decir de la boca de muchas personas. Pero para mí, los
libros lo son todo. Es como viajar a diferentes mundos cada vez que abres un
libro. Lo imaginas todo con cada detalle. –me sonrojé un poco. Creo que hablé
mucho de mi punto de vista de los libros. Siempre que alguien me dice que le
aburre leer le doy un discurso de qué son los libros para mí.
-Y que profesión hay que tenga que ver con la lectura? –me dijo.
-No lo sé. Pero en lo que haga, quiero ser buena. Y si se puede,
estudiar fuera del país, así tendré más oportunidades de trabajo. También
quiero tener mi propio dinero para tener mi propia casa, auto, y adoptar a una
niña…
-Adoptar dijiste? –me miró como si hubiera cometido un crimen.
-Sí. Es algo que planeo hacer cuando sea mayor. Hay muchos niños en el
mundo sin padres. Y además no quiero depender de un hombre o esposo, o tener
que atenderlo a él también. No soporto el machismo en la sociedad de hoy en
día. Si hay alguien a quien yo atenderé y brindaré mi atención, será a mi hija
adoptada.
-No lo entiendo. –me dijo. Se sobó las arrugadas manos y se levantó de
su silla.- Quieres té y galletas?
-Claro, estarían muy bien. –le dije. Se dirigió a la cocina y cerró la
puerta detrás de ella.
Pasó alrededor de 1 hora, en la que me puse a ver todas las fotografías
antiguas que contenía aquella casa. Los muebles eran antiguos también. Mariana
volvió con las galletas recién horneadas y una bandeja con dos tazas de té. Me
levanté y la ayudé a llevarlas hasta la mesita del centro de la sala.
Mientras comíamos las galletas y tomábamos el té, Mariana me contaba
acerca de su nieta Julia, la doctora. De cómo se quedó ella cuidándola y del
fallecimiento de su hija y su nuero. Yo le conté sobre mi familia, sobre el
colegio, etc. Ambas reimos, y lloramos. Parecíamos dos mejores amigas de la
primaria. De vez en cuándo debía alzar la voz, ya que Mariana no podía escuchar
bien.
Mi celular sonó en medio de la conversación. Había recibido un mensaje
de mi madre que ponía: ‘’Llegamos en 5min a recogerte. Besos, Mamá.’’ Lo leí en
voz alta para que Mariana escuchara, recogí mi bolso y la ayudé a limpiar los
restos de las galletas. El timbre sonó y apareció mi mamá en el umbral de
aquella pequeña casa.
Me despedí de Mariana, le agradecí por la tarde junto a ella y me fui
con mi mamá a casa. Mientras bajábamos el piso para ir al nuestro me preguntó:
-Te divertiste?
-Sí, mucho. –le contesté. Sin duda alguna, volvería al día siguiente
para volver a hablar con Mariana. Creo que había encontrado un nuevo libro que
leer.